jueves, 21 de noviembre de 2013

El mejor entrenador del mundo

Seguramente ellos no fueran conscientes, pero estaban viviendo momentos que les marcarían para toda su vida. Los que tuviesen la suerte de prolongar su carrera deportiva jamás olvidarían a ese hombre que les hablaba como si fuesen de la misma estatura. Los niños corrían de un lado para otro, intentando no tropezar mientras manejaban el balón. Cada uno a su manera y con suerte dispar. El planteamiento del ejercicio había sido claro; la ejecución, ambigua. La escena era gobernada por un joven melenudo, de aspecto descuidado, que observaba a los niños con devoción. Evidentemente, se trataba de su entrenador.

Hollywood nos tiene acostumbrados a identificar la figura de un entrenador deportivo con la de un severo sargento, un hombre que transmite sus directrices con gritos y aspavientos. En efecto, muchos son así, confundiendo motivación con agresividad. Pero este entrenador era diferente: su manera de mirar a los pequeños, su delicadeza al corregirles un movimiento, su manera de reñirles cuando algo no salía como a él le gustaba y, sobre todo, su afán por hacerles comprender y no por imponer su criterio con autoridad. Disfrutaba con su trabajo. El hombre miraba su reloj continuamente, como angustiado. Era como si no quisiese que llegasen nunca las seis y media. Minutos antes del final de la clase, indicó a los benjamines que se sentasen en corro para darles las últimas directrices del día.

Desde la grada, el panorama era fascinante. Los pequeños diablillos, que minutos después estarían corriendo y persiguiéndose de manera descontrolada, escuchaban absortos las indicaciones de su mentor. La plática comenzó con un conmovedor: “Ha sido fantástico lo que habéis hecho hoy”. Al oír esto, los niños sonrieron y se intercambiaron miradas cómplices. El joven entrenador lo decía de corazón, quería transmitirles que lo que estaban haciendo estaba valiendo la pena, aunque ellos ni se lo planteasen aún. “Estoy muy orgulloso de todos vosotros”, continuó diciendo con emoción.

A buen seguro que éstas no fueron las indicaciones que él escuchó en sus años de aprendizaje. Se podía adivinar un poso de rencor. Detrás de esas palabras cálidas y reconfortantes se escondía una clara intención de cambiar las cosas: que ese pequeño grupo comprendiese que, al margen de la competición, el deporte es bondad y compañerismo. “¿Qué es lo primero que hay que hacer por un compañero?”, preguntó; “¡Ayudarle a levantarse cuando se caiga!” respondieron todos a una; “Y cuando tengamos el balón, no se la pasamos al compañero que mejor nos caiga o a nuestro mejor amigo, sino al que esté más cerca de nosotros para ayudar así al equipo”. Por sus caras, los pequeños estaban asimilando que el colectivo está por encima del individuo.

Siete grados centígrados y allí nadie tenía ganas de marcharse. Los únicos que parecían inquietos eran los padres, que esperaban agazapados bajo un árbol mientras mantenían conversaciones triviales y redundantes sobre el terrible frío que estaba azotando aquella tarde Madrid. Esos padres que más tarde se encargarían de que sus hijos olvidasen lo aprendido en la clase, intentando convertirlos en deportistas competitivos y egoístas. Estamos cansados de verlo todos los fines de semana.

Llegaron las seis y media y, tras felicitar a uno de los críos por haberse portado mucho mejor que la clase anterior, el barbudo entrenador quiso terminar la clase con el típico grito motivador. Les invitó a hacer un círculo con sus manos unidas en el centro y se unió a ellos, evaporando cualquier barrera entre jugador y entrenador. Los seis chavales (niños y niñas) reunidos en torno a su entrenador gritaron: “¡SAN, SAN, SAN FERMÍN… JAI!”.

Con tal inyección de adrenalina los niños salieron corriendo en todas direcciones, totalmente eufóricos y descontrolados. El grupo de infantiles ya estaba por allí haciendo gala de sus primeros ramalazos de chulería y los pequeños corrieron en dirección a sus padres tras haber recogido casi todos los balones. Con ilusión, le contaron a sus padres lo bien que se lo habían pasado y las ganas que tenían de que llegase el próximo lunes para volver al entrenamiento. Aquella tarde habían aprendido mucho más que el manejo del balón, habían adquirido unos valores que les acompañarían siempre.

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