jueves, 19 de septiembre de 2013

Los valores de Martino no entienden de hipocresía

Nos engañaron. Durante un tiempo llegamos a creerles. Nos convencieron de que ellos no eran como los demás. Para ellos, el resultado era lo de menos, por delante siempre estaba el estilo. Su estilo. Sus Valors.

Vaya por delante que, dentro de los límites que marca el reglamento, cualquier medio es bueno para lograr un objetivo. Mucho se ha criticado a Italia a lo largo de los años por su propuesta de fútbol rácano y poco atractivo. Un estilo que les ha aupado hasta en cuatro ocasiones a la cima del fútbol mundial.

José Mourinho es hoy el principal baluarte de ese fútbol pragmático. Lo hizo en su primera etapa en el Chelsea, siguió haciéndolo en el Inter y lo terminó de perfeccionar en el Real Madrid. Impuso su idea en una plaza donde siempre se ha defendido el fútbol-espectáculo. Esa mentalidad de fútbol contragolpeador alcanzó su máximo esplendor en los duelos frente al F.C. Barcelona. El propio concepto “Fútbol” entraba en ebullición cada vez que estos dos colosos se enfrentaban: el amor por el balón frente a la devoción por el resultado.

Los desenlaces de estos duelos fueron variados a lo largo de tres temporadas. Unas veces ganaban los del toque y otras los del juego intenso y rápido. Pero era en las zonas mixtas del Camp Nou y del Santiago Bernabéu donde se materializaba el mayor ejercicio de hipocresía del fútbol moderno. Las constantes referencias de los jugadores blaugranas a su estilo de fútbol y a sus valors ninguneaban a Mourinho y trataban de convencernos de que el resultado era algo secundario. Llegaron a creerse su propia mentira.

Xavi Hernández nos contó que otros equipos ganaban y estaban contentos, pero que para ellos lo importante era el legado; Carles Puyol se mostró reacio a modificar un ápice la filosofía futbolística blaugrana, como también lo hizo Messi; y Sandro Rosell se erigió en único adalid del buen fútbol merced a un estilo de juego único y excluyente. Es fácil presumir de idea futbolística cuando estás en la cresta de la ola. A nadie se nos escapa que Mourinho era el preferido por la afición y la directiva culé antes de la llegada de Pep Guardiola. Todo habría sido diferente. Guardiola, apoyado en una magnífica e irrepetible generación de futbolistas, afianzó el estilo Barça. Nunca antes se sacó tanto pecho por una idea de fútbol. No sólo se aplaudían los méritos propios, sino que se invitaba a los demás equipos a que no lo intentaran, pues el Camp Nou era el único sitio desde el que se podía mirar a Dios a los ojos.

El porcentaje de posesión era el baremo que se utilizaba para medir la superioridad del Barcelona frente a su rival. La posesión sirvió incluso para justificar abultadas derrotas. Muchos alabamos el juego del Barça en múltiples ocasiones, pero otras veces vimos que sólo con posesión no se ganaban partidos. Lo percibimos en 2012 cuando el Barça tuvo el balón pero cayó eliminado ante el Chelsea en Champions; también en mayo de 2013, cuando el Bayern aplastó al conjunto catalán; e incluso ante el Real Madrid la pasada temporada, cuando, a pesar de ganar siempre la posesión, sólo fue capaz de imponerse en uno de sus seis enfrentamientos.

Por aquella época el estilo era aun innegociable. Se podía perder, pero el estilo lo justificaba todo. Guardiola y Tito Vilanova no permitieron escarceos con otras ideas balompédicas. Obcecados en su modo de ver el fútbol, no fueron porosos a otras posibles soluciones. Sin embargo, Gerardo Martino está intentando poner fin a este sindiós. No tiene intención de cambiar la idea, pero sí que quiere incorporar ciertas soluciones de las que el Barça ha adolecido hasta ahora. No siempre el fútbol combinativo es la mejor manera de llegar al gol.

Hoy el que manda es Martino. Ni rastro de aquella incómoda hipocresía. Hoy sí vale el contragolpe Por consiguiente, Piqué ha comenzado a reconocer que en algún momento se obstinaron y Messi ya aplaude el fútbol contragolpeador que exhibieron anoche ante el Ajax, donde quedó claro que, por mucho que lo negasen, lo importante siempre ha sido el resultado. Lo que antes era innegociable, hoy ya no lo es tanto. Ése será el principal legado de Gerardo.

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