martes, 17 de septiembre de 2013

El dedo en el ojo: Celebraciones estúpidas

Hace años, muchos años, cuando un futbolista metía un gol levantaba los brazos, daba un salto o cerraba el puño mientras corría hacia sus compañeros. Pero pasado el tiempo, celebrar un gol se convirtió en una carrera en la que el objetivo era mostrar al mundo hasta qué punto podía lograrse que los aficionados sintiesen vergüenza ajena. Desde imitar a un perro orinando hasta esnifar las líneas del campo, eso pasando por la mítica cucaracha del barrilete cósmico. Por suerte, parece que poco a poco, la moda de hacer el tonto en las celebraciones va pasando, aunque todavía queda mucho camino por recorrer. Esta misma semana, dos jugadores nos obsequiaron con sendas celebraciones estúpidas.
 
La primera de ellas fue la de Dani Alves, jugador que ya nos tiene acostumbrados a salidas de tono de todos los calibres. Sabiendo de su pasado sevillista, el jugador quiso hacer como que no celebraba el gol, algo muy habitual. Lo lógico es que hubiera vuelto trotando hacia su campo tras el tanto, chocando la mano con sus compañeros pero sin evidenciar la satisfacción por respeto a su ex equipo. Pero no, ¿para qué usar la lógica si se es Dani Alves? El tío se fue a la esquina, cruzó los brazos y miró a las gradas con cara de perro. ¿Qué pretendía? Parafraseando a un amigo, ¿esperaba que las mujeres le lanzaran bragas y sujetadores? ¿Calzoncillos, tal vez? Nunca sabremos qué buscaba con ese gesto, pero el mensaje que todos captamos es claro, que cada uno lo piense en silencio.
 
El segundo caso lo encontramos en el Madrigal, donde el alegre Cristiano Ronaldo, uno de los futbolistas mejor pagados y para el que lo más importante no es el dinero, según dice, quiso señalarnos su oreja tras marcar un gol al Villarreal. Feo gesto que, poco después, Giovanni podría haberle devuelto. Cristiano quiso agradecer así el apoyo de la afición rival que, al parecer, debería animarle a él y no a su propio equipo. O tal vez todo haya sido un error y Cristiano sólo quería mostrarnos el lugar en el que se pondrá su nuevo pendiente brillante a juego con sus gafapastas de firmar contratos. Puede que incluso celebrara que había recuperado la sensibilidad auditiva y que con esa oreja pensaba escuchar una sinfonía al acabar el encuentro. Nunca lo sabremos.
 
En cualquier caso, dos celebraciones curiosas de jugadores que, de una forma u otra, tienen el obsesivo deseo de llamar la atención.

Pablo Incausa García

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