sábado, 18 de mayo de 2013

El Atleti apuntilla a Florentino y a Mou

Si esto se lo cuentan a un socio del Madrid hace tres años, lo normal es que él y todos los presentes en la sala que hubieran escuchado el titular habrían estado durante 36 meses riéndose despectivamente del emisor del mensaje. Exactamente hasta la noche de ayer, cuando el Atlético de Madrid ganó 1-2 al Real Madrid en el Santiago Bernabéu para alzarse con su décima (que ya tiene cachondeo) Copa del Rey.
Un partido del Atleti de principio a fin. Un encuentro en el que las ocasiones erradas por el Madrid no fueron otra cosa que el reflejo del destino final del título: las vitrinas del Calderón. 120 minutos de barro, brega y orgullo en los que el último protagonista fue el balón, ya que ninguna de las dos escuadras se siente a gusto con él. Un enfrentamiento tan futbolísticamente pobre que el gol decisivo lo acabó firmando un central de nivel medio.
No fue malo el planteamiento del expulsado Mourinho de alinear a Alonso, Khedira, Özil y Modric de inicio, si bien la ya clásica falta de valentía del técnico portugués le impidió hacer cambios antes del comienzo de la prórroga. En ese momento, el de Setúbal pensó que era conveniente hacer tres cambios en uno, aunque muchos no entendiéramos la sustitución del croata (ayer, de largo, el mejor futbolista blanco). Ronaldo tenía que aparecer, y lo hizo. Eso sí, tan sólo durante los segundos que duró su desmarque y posterior remate para hacer el primer y único tanto merengue.
Metidos más a fondo en el análisis del Real Madrid, el partido de ayer resume a la perfección lo que ha sido la temporada blanca: la pegada de Cristiano, la intermitencia de Özil, la inocencia de Benzema e Higuaín, el cansancio de Alonso y el desquiciamiento general de un grupo que necesita aire fresco, tanto en el terreno de juego como en el banquillo. Ni la expulsión de Mou pareció accidental, ni el dantesco espectáculo organizado los miembros del banquillo madridista al reclamar un penalti inexistente de Mario Suárez en la prórroga estuvo a la altura de la institución. Florentino ha creado un monstruo difícilmente sostenible a estas alturas, fiando su proyecto a la figura de José Mourinho y a la consecución de la Décima. Tres años después, la masa social madridista se divide entre Mourinhistas y Casillistas (por así decirlo), y el único trofeo para llevarse a la boca en este tercer año es como la primera aceituna que sólo sirve para abrir el apetito. Se avecinan cambios profundos, o deberían avecinarse, en el club de Chamartín.
El triunfo del Atleti es la victoria del carácter y la garra. El Cholo Simeone ha inculcado en los suyos todo lo que es él. Y así, planteando un partido desde la inferioridad, a sabiendas de que el Madrid era mejor en todos los aspectos, el argentino dejó que el conjunto merengue llevara el peso del partido haciendo, eso sí, cada transición más incómoda que la anterior. El mérito del técnico argentino es, por ejemplo, haber conseguido implicar tan ciegamente en la presión a un genio como Arda Turan sin que el turco se rebele. Todos a una, confiados en la pegada de Falcao y Diego Costa. Con Gabi y Mario Suárez sosteniendo a su equipo y agobiando a los centrocampistas del conjunto rival. Pegando cuando es necesario, sucios en ocasiones. Un equipo a la medida de su entrenador.
Su máximo exponente, Diego Costa. El brasileño es uno más del club de los futbolistas odiados por jugadores y aficionados de los equipos rivales, pero elevado a la categoría de ídolo por el público para el que juega. Corre, pelea, protege, golea, pega, protesta, regatea y asiste. El que más suma cuando quiere y el elemento más deficitario cuando se le cruzan los cables. Mito colchonero a poco que siga vistiendo la casaca rojiblanca unos años más.
La historia de la final termina en las aficiones. Más que nada, por terminar en la cumbre, ya que ambas fueron el componente con más calidad del evento (hola, realizadores de TVE). La emoción se hubiese reducido a la mitad sin todos ellos abarrotando el Bernabéu. Ellos fueron capaces de crear la atmósfera de las grandes citas, esa que pone la piel de gallina a todos, incluso a los que no simpatizamos con unos ni con otros. Chapeau a todos y enhorabuena a todos los indios.

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