lunes, 15 de abril de 2013

Fernando Vázquez es permanencia

El agua llegaba ya a la magnífica papada de Augusto César Lendoiro tras la quinta derrota consecutiva de su equipo bajo los mandos de Domingos Paciencia. Se agotaba el tiempo y era necesario un nuevo golpe de timón, pues la decisión de destituir a José Luis Oltra había tenido poco de exitosa. Tan agónica era la situación para Lendoiro que aquella destitución fue la primera en quince años, tras la de John Benjamin Toshack en 1997. Es en momentos de máxima urgencia cuando los dirigentes suelen acordarse de esos hombres discretos que conocen el lado menos amable del fútbol, que se desenvuelven como nadie en el filo de la navaja. Con mejor o peor suerte, a este perfil responden nombres como Javier Clemente, Manolo Jiménez o Gregorio Manzano.

El elegido fue Fernando Vázquez, profundo conocedor del fútbol gallego y experto en lidiar con situaciones límite. Como Walter White en Breaking Bad, Fernando es un profesor de instituto que no se conformó con impartir lecciones sobre una tarima y tras un pupitre. Cambió los veinticinco pubertosos de una clase de la ESO por los veinticinco futbolistas que le escuchan entre las cuatro paredes de un vestuario. Aunque llevaba seis años sin sentarse en un banquillo, el desafío propuesto por Lendoiro le sedujo y enfrentó la difícil tarea de sacar al deportivo del descenso.

En este tipo de retos poco se juegan los entrenadores. Tienen nada que perder y todo que ganar. Con el equipo en último lugar, nadie miraría al banquillo si finalmente se consumase el descenso de categoría. Pero Vázquez se hizo cargo de la situación desde el primer momento, como si él fuese el principal culpable. Cogió a un equipo sin alma que se arrastraba por los terrenos de juego, rayando a un nivel muy por debajo de sus posibilidades y habiendo logrado un total de tres victorias en veinticuatro jornadas. Es ahí donde la faceta psicológica cobra especial relevancia.

Aire fresco.
El Profe se encomendó a Juan Carlos Valerón
. El Flaco es su prolongación sobre el césped, el que le ayuda a transmitir un mensaje de esperanza a los más jóvenes y menos identificados con los objetivos del club. Desde la llegada del técnico gallego el Dépor ha cambiado la cara.
Aire fresco en un ambiente más que viciado. La victoria en el derbi gallego marcó un punto de inflexión y desde ahí todos sus partidos se cuentan por victorias (4). El partido del debut en Riazor ante el Real Madrid fue la primera muestra de la metamorfosis del grupo. Se le plantó cara a un Madrid que acabó imponiendo su pegada despiadada. Después se empató a cero con el Rayo y se perdió 2-0 ante el Barça, que lo pasó peor de lo que aparenta el resultado. Después el derbi; el principio del cambio.

Fernando basa su filosofía en un fútbol alegre y sin complejos, con las limitaciones que requiere esta situación tan agónica. Además ha conectado con la afición desde el primer momento, haciéndole partícipe del reto. Es consciente de que una hinchada es capaz de levantar a un equipo y lo está explotando. Buena muestra de esto es su efusiva celebración sobre el césped del Ciudad de Valencia tras la goleada al Levante. A la espera de lo que hagan esta noche Celta y Mallorca, el Dépor respira hoy en decimoséptima posición (29 pts), dos puntos por encima del descenso que marca el Zaragoza. Quizá Fernando no sea el perfil de entrenador que ilustra portadas, pero es un hombre que se viste por los pies y al que el reto de mantener al Deportivo de la Coruña en Primera le impide conciliar el sueño.

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