viernes, 29 de marzo de 2013

The Foot and the Floyd


Álvaro Escribano Nieto. Cuatro amigos se aproximan inexorablemente al que puede ser el partido de sus vidas, las manillas del reloj marcan las 19.30 y el vibrar del motor del autobús recorre con espanto sus huesos, la tensión y el miedo a fallar les encoge hasta el mismísimo corazón. La carretera dibuja una línea que se pierde en la lejanía, rodeada de una estepa, casi yerma, sobre la que cae una ligera lluvia que alimenta a las primeras pequeñas briznas primaverales.

Roger, el portero, espera tener una noche plácida pero, al mismo tiempo, afila su sentido del reflejo con pequeños y leves movimientos de cabeza a diferentes lados del autobús, cierra los ojos tras un segundo de focalización y empieza a enumerar mentalmente lo visualizado, reconstruyendo la porción del vehículo vector a vector. Un ejercicio que repite, y disfruta, desde el comienzo del trayecto. Su vida destierra las cuatro cuerdas de su bajo para centrarse en que cada segundo perdido puede significar un gol en contra, al igual que entrar tarde en un compás.

Richard, el defensa central, es, a la vez de capitán, el más veterano de los cuatro, el que anima al resto del equipo cuando las cosas se tuercen y el marcador les sitúa por detrás en la contienda. Él es la sobriedad, la templanza, el orden y el método, al que todos preguntan a quién han de cubrir en un córner o en una falta cercana al área. Su cometido, del mismo modo que hace al sentarse frente al teclado y dar las réplicas en forma de arpegios, es el de apoyo y soporte incondicional.

Nick, el centrocampista, aprovecha para dormir durante el itinerario, los cuidados que profesa sobre su músculo más excelso y prominente, el cerebro, se elevan a la máxima potencia. Siente obsesión por el ritmo, el apoyo y el compañerismo, pues él es el que más distancia recorre en el campo desde que el trencilla señala el inicio y el final del partido con su silbato. Necesita que su sistema nervioso esté engrasado, pero no espeso; tenso pero no rígido; agudo, pero no estridente; inquieto, pero no ávido. Sus botas son como sus baquetas, unos finos utensilios con los que dirige al resto de sus compañeros con gran empaque.

David, la joven promesa, un delantero centro cuyo único objetivo es el regocijo del espectador gracias a lo que mejor sabe hacer, anotar goles. Con la mirada atravesando el cristal sobre el que apoya la cabeza, David va esquivando cada afilada gota de lluvia cuan defensas rivales para acometer el marco contrario. 7,32 por 2,44 son los números que repite incansablemente, las medidas de su amor imposible, la portería. Durante el calentamiento previo al partido, unos susurros aduladores tratan de apaciguarla mediante zalamerías, el joven David sabe que ella es lo único que no debe tener en su contra esa noche. Por último, afina su orientación, pues no necesita levantar la vista dentro del área, sólo sedar el empeine de su pierna derecha. Así como las seis cuerdas de su guitarra que le permitan tocar la Luna en cada concierto. “Un gol y un solo de guitarra pueden cambiar el destino del mundo”, se dice.

Música y fútbol siempre compartieron el mismo techo, especialmente en el corazón. Para el grupo de rock Pink Floyd fue un medio más de vida. Los cuatro integrantes se han declarado seguidores del Arsenal (Roger y David) y Liverpool (Roger y Nick) y bien quedó patente en su canción Fearless, en la que grabaron a los hinchas de este último cuando entonaban el celebérrimo You’ll never walk alone.

A propósito de…
Se cumplen 40 años de uno de los discos que revolucionaron el mundo del rock en 1973, The Dark Side of the Moon, cortes que aludían a la generación que contemplaba impasible el implacable y cruel paso del tiempo con la sensación de apatía a cada segundo que se consumía.

Álvaro Escribano Nieto

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