viernes, 15 de marzo de 2013

Carlovich: el hombre al que admiró Maradona

Rodrigo Muñoz Beltrán. Rosario es una cuna de cumbia, tango y, sobre todo, fútbol. La localidad de Santa Fe ha criado en sus calles a personas con un talento innato, sobrenatural, celestial… No son personas cualesquiera, como diría Andrés Calamaro. Quizá sea por el alto abandono escolar, por lo acogedor de sus calles o por la multitud de potreros que se hayan a cada esquina, pero es la ciudad de la que han salido algunos de los mejores jugadores de la historia del fútbol.

Lo bonito de los cuentos es que cada uno interpreta en su mente lo que extrae del texto y, aunque sea el mismo, puede ser inmensamente diferente de una persona a otra. Algo parecido pasa con el fútbol. Cuando queremos definir a un jugador desconocido, buscamos comparaciones con grandes estrellas, para identificarlos rápidamente. La misma sensación se tiene al pasear por las calles de Rosario y preguntar por Tomás Felipe Carlovich. Y también al conversar con cualquier rosarino emigrante. No hace mucho pregunté a mi pizzero de confianza, ex jugador de Banfield en la década de los 60, que me definiera a este desconocido Carlovich. Esbozando una sonrisa me dijo tímidamente: “tuve la gran suerte de conocerle sobre el pasto, era un poema al fútbol, un magnífico 5".

Lo cierto es que la leyenda del Trinche Carlovich, como le gustaba que le llamaran, ha pasado de boca en boca hasta convertirlo en un mito más allá de Rosario, de Santa Fe y de Argentina. Todos le conocen y hasta los más grandes se rendían ante él aunque fuera un futbolista que no ocupaba la élite del fútbol mundial.

Quedan pocos testimonios gráficos o documentales que despejen la duda de quién fue Tomás Felipe el Trinche Carlovich. Eso, por no hablar de registros fílmicos, que son nulos. Tenemos que ceñirnos a los alegatos de los que le pudieron ver en directo para conocer más a quien, para muchos, es el mejor jugador de la historia del fútbol.

La expansión económica de Argentina en la década de los 30 unida a la precaria situación que se vivía en la península balcánica hicieron a Mario Carlovich (pronúnciese con acento en la i) buscar una vida próspera en Sudamérica. El inmigrante yugoslavo, fontanero de profesión, se instaló en una de las principales urbes del país, Rosario. Allí crió a sus siete hijos, el último en nacer, un varón en 1949, llegaría al mundo acompañado de un don innato que le convertiría en leyenda.

Lógico es que un niño nacido en Rosario pase la infancia cosido a un balón, pero lo del pequeño Carlovich era un amor incondicional. Salía de la escuela y se iba directo a los potreros (campos de fútbol argentinos) donde ponía en práctica su talento creciente sobre tierra, hierba seca y con un balón descosido. Su cuñado, con 14 años, decidió buscarle equipo y le llevó a probar a Rosario Central, el club más importante de la ciudad. Obviamente, su calidad le hizo unirse a las inferiores del conjunto rosarino aunque empezó allí a demostrar trazas de un carácter libre, alejado de las obligaciones y de las exigencias. Abandonó el club y jugó en el Sporting Bigand hasta los 17 años cuando volvió a Rosario Central. En su nueva etapa, en 1969, llegó a jugar dos partidos en la máxima categoría argentina. Sin embargo, el club ‘canalla’ le echó de su disciplina por su falta de la misma.

 “Amaba los boliches, estaba todos los días de joda”, reconoce un rosarino en la puerta de un bar. Lo que viene a ser, en una traducción al castellano ibérico, que era un fiestero. Por éste o por otros motivos el Trinche jugó una temporada en un humilde club bonaerense para abandonar el fútbol durante un año, hasta que decidió incorporarse a Central Córdoba. Allí se construyó el mito.

El Trinche era un tipo espigado, torpón a cualquier vista, impropio de un poeta del fútbol. Quizá ese punto de gravedad tan alto le permitía usar el cuerpo para gambetear, fintar, tener una zancada más poderosa que sus adversarios en los primeros metros. Aunque sin duda, su mejor habilidad era tirar caños. El propio Carlovich reconoció que le pagaban extras en Central Córdoba por cada túnel que tiraba. De hecho, inventó el caño de ida y vuelta’. “Era un tipo increíble, te tiraba el caño, seguía corriendo con el balón pegado a su zurda, y cuando le alcanzabas, te tiraba el de vuelta”, así define Carlos Aimar, ex compañero del Trinche en Central Córdoba, el movimiento más pulcro que se puede ver sobre un terreno de juego.

Sus temporadas en Central de Córdoba estuvieron marcadas por sus vaivenes emocionales, por la apetencia que tenía de entrenar, de sacrificarse cada mañana por sí mismo y por los compañeros. Quizá tantos años solo en la calle con el balón le habían convertido en un romántico del fútbol, alejado de esas exigencias, tomado por un egoísmo y por una juventud que no supo fusionar a sus deberes como profesional. Por lo que cuentan Aldo Poy, Mario Killer o Alfredo Oberti, compañeros suyos en Central, ésa es la clave, la palabra que él nunca se aplicó: profesionalidad.

Sin embargo, cuando quiso, practicó un fútbol en el estadio de Central que le convirtió en todo un icono en Rosario. En 1973, Central Córdoba ascendió a Primera B guiado por un Carlovich que empezaba a ser un nombre común entre aficionados, paisanos y rivales. El Estadio Gabino Sosa tenía dos precios distintos de entrada si jugaba él o no, y al campo asistían unos 500 aficionados neutrales que iban a verle jugar a él, aunque lo más curioso es que en los periódicos locales solía aparecer la cita “avisen que esta noche juega el Trinche”. Desde luego, el mito ha pasado de boca en boca, engrandeciéndose o exagerándose, pero con un hilo conductor, la calidad de un fuera de serie.

Su gran explosión
El Trinche ya era un nombre que sonaba con mucha fuerza entre los compañeros de división, la gente de Rosario o los enamorados del fútbol, como Marcelo Bielsa, que durante cuatro años estuvo cada domingo sentado en la grada viéndole, deleitándose de la magia del 5. Toda esa calidad tenía que explotar, ser conocida más allá de la provincia de Santa Fe. Y así lo quiso el destino.

En 1974, la selección argentina preparaba el Mundial de México. El seleccionador Vladislao Cap cerró un amistoso de preparación contra un combinado de Rosario. En ese equipo jugaron diez futbolistas de la máxima categoría y uno de segundo nivel, el mismísimo Trinche.

El baile fue terrible, 3-0 ganaban al descanso los rosarinos a todo un combinado nacional que, exhausto, estaba asombrado con la dulzura con la que Carlovich movía el balón. Las 30.000 personas presentes aquella tarde vieron y descubrieron a una perla que oscureció todas las luces de un equipo comandado por mitos del calibre de Mario Kempes o Enrique Wolf. Más bien, el Trinche apareció con todas las luces encendidas y dio un recital de cómo se juega al fútbol. El seleccionador argentino pidió a los técnicos del combinado rosarino que  le retiraran del campo ya que el baile estaba siendo escandaloso. En el minuto 60, todo el estadio se vino abajo para reconocer el talento del astro invisible.

Carlovich, tras aquel recital, estuvo cerca de marcharse a Francia a jugar y tuvo un traspaso prácticamente cerrado con el New York Cosmos en el que, por aquel entonces, jugaba Pelé. Se dice, hasta él mismo lo reconoce, que el brasileño no quiso ningún jugador que hiciera sombra a su calidad e impidió su contratación. Finalmente siguió su carrera, como la empezó, cerca de la casa de sus padres, con la vista a los potreros de su infancia y acompañado de los amigos con los que creció.

César Luis Menotti, seleccionador argentino en 1978, le convocó para un amistoso con la albiceleste, aunque el Trinche nunca apareció. Según cuenta Menotti, le llamó diciendo que no podía asistir porque estaba pescando. Aunque suene ridículo, así era el Trinche: el amor por el fútbol como esencia, no como profesión.

Lo cierto es que Tomás Felipe Carlovich nunca abandonó su hogar y ahora, con algunos problemas en la cadera que le impiden golpear un balón, se ruboriza al escuchar las historias que cuentan sobre él y sobre su leyenda. Durante muchos años estuvo en el corazón de los rosarinos, de los argentinos y de todos los amantes del fútbol en general, aunque su verdadero reconocimiento llegó una década después de haber colgado las botas. En 1993, Diego Armando Maradona fichó por Newell’s y, cuando un periodista comentó su orgullo por recibir en Rosario al mejor jugador, el Pelusa alzó la vista, le interrumpió y espetó: “el mejor jugador de Rosario no soy yo, siempre será el Trinche Carlovich”.

Rodrigo Muñoz Beltrán

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