viernes, 1 de febrero de 2013

Historias del Estadio Azteca

Fue en una Nochevieja, entre la melancolía por el año que nos dejaba y la incertidumbre por ver qué nos esperaba tras la última campanada. La madre de mi amigo bailaba animada por los licores con las mejillas sonrosadas y todos nos divertíamos. De pronto, tras la jarana organizada por los Fabulosos Cadillacs y su célebre Matador, unas notas de piano se clavaron en el centro de mi pecho. Fue un momento mágico. Mi amigo abrazó a su madre y cantaron a dúo aquella canción tan melancólica. Hicieron que fuera un momento inolvidable.



Porque esa sensación se repite con todo el que escucha Estadio Azteca por primera vez. Su gestación sólo pudo llegar tras el sinsabor de una derrota, ya sea sobre el césped o en cualquier ámbito de la vida. La escribió el argentino Marcelo Scornik (ferviente hincha de River), la interpretó con el alma Andrés Calamaro (moderado hincha de Independiente) y la hizo suya. Nos transmite decepciones de una magnitud solo comparable a la grandeza de un coloso como el Estadio Azteca de Ciudad de México, el tercer estadio más grande del mundo.

Ese mítico recinto ha albergado varios de los mayores acontecimientos futbolísticos de la historia. Data de 1962, cuando Calamaro apenas contaba un año. En la canción se narra el primer encuentro entre ambos. En 1970 el inmueble sobrecogió al hombre con su imponente presencia. Aquel momento coincidió con la consagración de un mito del balompié: Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé. Ante la mirada atónita de un inocente Calamaro, O Rei levantó la copa de su tercer Campeonato Mundial ante 105.064 espectadores.

Fue para muchos el mejor Mundial de la historia. En el Estadio Azteca tuvo lugar el genuino Partido del Siglo: la semifinal disputada entre Italia y Alemania. Franz Beckenbauer honró a aquel escenario incomparable apretando los dedos, agarrándose, dándo su vida por su equipo y jugando con el brazo en cabestrillo y la clavícula dislocada. Se marcaron cinco goles en la prórroga y Alemania perdió 4-3. El legendario estadio nunca pudo olvidar a aquellos veintidós guerreros y les rindió homenaje en su fachada con una placa conmemorativa. Fruto del mayúsculo desgaste sufrido por los italianos, Pelé, Tostao y compañía se divirtieron en la final y dejaron duro para siempre a nuestro cantautor.

Con veinticinco y veintiséis años respectivamente llegó el segundo encuentro entre ambos protagonistas. Fue en los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1986. Las travesuras del Pelusa ante Inglaterra sorprendieron pero no impresionaron a un Calamaro que, como nos confesó en la canción, “ya estaba duro mucho antes”. No obstante, tras decirnos esto, el artista fue incapaz de reprimir un cántico de alabanza, una melodía que bien podría ser interpretada por La Doce, en el fondo sur de la Bombonera. Porque si cierras los ojos mientras escuchas ese “huuu, huuu, huuu”, tu mente viaja directamente a la grada de un estadio de fútbol. Es inevitable. Argentina ganó el Mundial y Beckenbauer vivió su segunda gran decepción en ese escenario, perdiendo en la final, esta vez como seleccionador. Hoy se emocionaría si escuchase esta melancólica canción, pero no derramaría una sola lágrima, pues, como nuestro protagonista, también estaba duro mucho antes.

El Coloso de Santa Úrsula, como se le conoce, es el único estadio que ha albergado dos finales de la Copa del Mundo y eso bien merece una canción. Muchos fueron los hombres que salieron de allí como héroes: Arlindo dos Santos, Gianni Rivera, Jorge Valdano… Pero esos no necesitan una copla para ser recordados. Los himnos son para los caídos. Para ellos canta Calamaro: para Grend Muller, Rummenigge y toda la selección inglesa de 1986, que lloró desconsolada sobre el pasto mexicano. Porque es a ellos a quienes puedes encontrar refugiados en la oscuridad de una cantina, pensando en lo que podría haber pasado si la pelotita hubiese querido entrar, ahogados en melancolía y, quizá, prendidos a una botella vacía.


Prendido
a tu botella vacía,
esa que antes, siempre tuvo gusto a nada.
apretando los dedos, agarrándole, dándole mi vida,
a ese para-avalanchas.
Cuando era niño,
y conocí el Estadio Azteca,
me quedé duro, me aplastó ver al gigante,
de grande me volvió a pasar lo mismo,
pero ya estaba duro mucho antes...
Dicen que hay,
dicen que hay,
un mundo de tentaciones,
también hay caramelos
con forma de corazones...
Dicen que hay,
bueno, malo,
dicen que hay mas o menos,
dicen que hay algo que tener,
y no muchos tenemos...
y no muchos tenemos...
Prendido,
a tu botella vacía,
esa que antes, siempre tuvo gusto a nada.

2 comentarios :

  1. ¿Teléfono de aludidos?

    Jejeje como me alegra que fuese en mi casa donde escuchaste esa canción por primera vez...que nocheviejas mas increíbles se empezaban en casa de mis papas...cuando todos partíamos del mismo lugar, tiempos pasados, nostalgias!!

    Como te lo has trabajado para cruzar esta canción con el mundo del fútbol, nada fácil compañero, buen trabajo.

    Haré que lo lean mis padres, les gustará y les sacará una sonrisa al recordar esas noches de corbata en la cabeza bailando con los amigos de su hijo al ritmo de notas latinas.

    Un abrazo amigo!!!

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    1. Qué tiempos aquellos... Muchos de aquellos momentos se quedaron grabados a fuego en nuestra memoria y, ahora, también en Minuto 91.

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