viernes, 11 de enero de 2013

¿Te acuerdas de... Bebeto?

UN 11 DE ENSUEÑO: BEBETO

Con el pitido final, un jolgorio generalizado se apoderó del bar en el que me encontraba. El gol de Pizzi al Málaga significó la primera victoria después de ocho partidos. Una racha vergonzante para una afición que durante años aprendió a saborear las mieles de la victoria. Levanté la mirada mientras apuraba el último trago de Ribeiro y ahí pude verlo. Era un póster viejo y arrugado,  lleno de grasa procedente de la plancha, que se mantenía colgado a duras penas tras una botella de Ruavieja y otra botella de cerámica de las casas colgadas de Cuenca. Me sorprendió que alguien pudiese conservarlo aún, viendo el estado en que se hallaba. En el mismo, un sonriente jugador de fútbol con aire carioca y un titular que rezaba: “Un 11 de ensueño: Bebeto”.

Los aficionados comenzaban a abandonar el bar ataviados con su sonrisa y sus bufandas blanquiazules, cuando le referí el póster a mi acompañante: “aún recuerdo aquel hattrick de Bebeto en Riazor contra el Madrid”. A lo que un simpático señor cubierto por una boina que pasaba por mi lado se giró y dijo: “¡Cómo! ¡Ese día Bebeto marcó cuatro goles!, pero el árbitro no quiso dar por bueno el segundo que marcó, ¡claro!, como era contra el Madrid... Pero bueno, eran otros tiempos…” Sonreí y dejé que el hombre siguiese con su camino hacia la puerta, pues, de haberle dado réplica, quién sabe cuándo podríamos haber finalizado la conversación.

La imagen de aquel póster ajado por el paso del tiempo despertó en mi acompañante una ilusión por el fútbol desatendida en estos últimos años.  Comenzó a hablarme de Donato, de Manjarín, de Fran y de Mauro Silva. Pero con ninguno de ellos se le iluminaban los ojos como con Bebeto. Su cuerpo se movía al son de una melodía imaginaria cada vez que me narraba un gol o un bonito regate del jugador brasileño. El dueño del bar, un hombre de aspecto mohíno e inteligente, nos prestaba atención, pero su mirada reflejaba cierto aire de resentimiento que me inquietaba.

Me contó que llegó a España en 1992 procedente del Vasco da Gama. Por esa época, ya andaba dirigiendo los destinos del club coruñés un menos  robusto y menos cansado Augusto César Lendoiro, quien realizó las gestiones oportunas para traer al crack brasileño. Logró el Trofeo Pichichi el primer curso, cuando para ganarlo sólo hacía falta meter 29 goles. El Deportivo llevaba poco tiempo en la élite y el ariete carioca encabezó un proyecto que tenía como objetivo colocar al equipo entre los grandes de España y de Europa.

Nadie en Coruña conocía a Bebeto cuando llegó. Decían que era muy bueno y que metía muchos goles. Pero, ¿cuántas veces habíamos escuchado ya eso? –me dijo.

Yo recordaba vagamente a Bebeto (José Roberto Gama de Oliveira, Salvador de Bahía, 16 de febrero de 1964) de los resúmenes de Fútbol es Fútbol, donde era titular indiscutible en los vídeos de los goles de la jornada. Pero aquella tarde aprendí que ese delantero de aspecto frágil, minúsculos pies (calzaba un 37) y cara de niño (de ahí su sobrenombre) se defendía como nadie dentro del área, que era capaz de disparar con las dos piernas y que hacía los mejores autopases de los noventa. Incluso me enteré de que fue él quien inventó el autopase de tacón que tanto utiliza Cristiano Ronaldo; y también de que ya tiraba los penaltis con paradiña.

Me habló del Mundial de Estados Unidos de 1994 que ganó con Brasil y del primer título oficial del Deportivo: la Copa del Rey lograda en 1995 ante el Valencia en el Santiago Bernabéu. Me dijo que fue la final de copa más larga de la historia, pues tuvo que interrumpirse por un aguacero, para ser reanudada tres días después. Ese partido se recordará por la gran cantidad de pólvora que pusieron en liza ambos conjuntos: Mijatovic y Penev por un lado; y Manjarín y Bebeto por otro. El brasileño no marcó, pero fue uno de los jugadores más destacados. El mítico gol de Alfredo Santaelena hizo tangible aquel SuperDépor.

Mi acompañante, embriagado por la nostalgia de los pantalones cortos de los noventa, parecía no ser consciente del paso del tiempo. Se había hecho de noche. El dueño del bar ya estaba fregando el suelo y el cierre estaba completamente echado. La final del Bernabéu le dio el pie para seguir con la Supercopa de España de 1995. Me relató con entusiasmo la gesta del equipo Coruñés ante el todopoderoso Real Madrid, “el equipo del gobierno”, según él.

Ganamos el partido de vuelta 1-2 y el de ida también lo habíamos ganado. En el Bernabéu marcaron Manjarín y Begiristain; y en Riazor habían marcado Fran, Bebeto y Donato de penalti…

Nada más pronunciar esa última palabra, su rostro adoptó un gesto de mayúscula tristeza. A su cabeza acudió la imagen de Djukic abatido, llorando desconsolado sobre el pasto de Riazor. Aquel celebérrimo penalti podría haber supuesto la primera liga para el Deportivo de la Coruña un año antes, en 1994. De repente, ese brillo en sus ojos que había iluminado nuestra velada se tornó en amargura.

Se ha hecho tarde, vámonos ya. –murmuró sin ser capaz de mirarme a los ojos.

Yo supe perfectamente qué le pasaba. Comprendí que ese dolor era tan intenso que le estremecía el sólo hecho de recordarlo. Dándose cuenta de esto el tabernero, volvió a llenarnos los vasos con ese brebaje amarillento de hierbas que tanto calor proporcionaba y nos invitó a continuar sentados en los taburetes. Había permanecido atento a nuestra conversación en todo momento. Hubo un día en que él también admiró a Bebeto. De hecho, aún se emocionaba al recordar sus cambios de ritmo y sus golpes francos desde la frontal, sus regates y sus efusivas celebraciones. Pero había algo que le impedía expresarlo. Un rencor que se alojaba en lo más profundo de su ser. Girándose hacia el viejo póster, nos preguntó:

¿Queréis saber por qué conservo aún ese viejo cartel? He intentado tirarlo muchas veces. Nunca le perdonaré que no se atreviese a tirar aquel penalti. Pueden decir lo que quieran para disculparle. Donato ya no estaba sobre el césped. Bebeto no tendría que haber permitido al yugoslavo acercarse al balón. Él era el elegido. Él era quien debía entregarnos el título de liga a los coruñeses. Para eso vino. Por eso, cada cierto tiempo me quedo mirando el cartel durante un rato, me acerco a él y lo despego, vencido por el dolor, pero soy incapaz de tirarlo a la basura. Cuando veo su dedo señalando al cielo me acuerdo de las alegrías que nos dio a los coruñeses, las veces que nos hizo creer que éramos grandes, que podíamos mirar a los ojos a los clubes más importantes de Europa. Entonces, avergonzado, vuelvo a estirarlo y lo coloco en su sitio, porque, en el fondo, soy consciente de que es el mejor 11 que ha pisado alguna vez el césped de Riazor.

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