lunes, 23 de abril de 2012

Extraños frente al estadio

Alrededores del Camp Nou / Anthony Coyle
"Gol tres, 500 euros. Aquí no vas a encontrar nada más barato". El joven extranjero acepta la oferta y el reventa, panzudo, le dice que primero le dé el dinero y que luego irán en busca del socio. El comprador se extraña, se embarullan y finalmente llegan a un acuerdo. "Vale, pero no me grites", le dice, mientras se funden entre la multitud.

Vuelvo a encontrarme con el fútbol. Regreso a él para seguir tratando de entender todo lo que le rodea. No sé quién o qué es Gol tres, pero sé lo que son 500 euros y, por eso, necesito saber más. Comprender. Confirmada la imposibilidad económica de descubrir lo que pasa dentro, me intereso por investigar los que sucede fuera. Me encuentro frente a uno de los accesos del estadio de fútbol más grande de Europa. Un recinto con 105 vomitorios exteriores, más de medio millar de guardias de seguridad y mucha gente rara. Hoy toca clásico en el Camp Nou y el mercadeo de las localidades de los socios que esta tarde no ocuparán su asiento encara su recta final con notable frenesí. Falta una hora y se nota en la mirada de vendedores y compradores, que pululan de un lado a otro ansiosos por quitarse de encima entradas y dinero respectivamente.

Interesantes personajes los reventas. Los hay de manual: abuelos de largo abrigo, gorra y puro, templados en la mirada y parsimoniosos en el trato. Luego están los extranjeros, magrebíes y rumanos con varios teléfonos, ninguna discreción y mucha prisa. Familias enteras se pasean preguntando por la cotización del asiento. Una joven de ojos rasgados, al borde del llanto, sujeta con los brazos en alto un papel en el que ha escrito lo que evidencia su nervioso rostro. No me deja fotografiarle y me lanza miradas de sospecha junto a su madre, que, apoyada en la verja que no le permiten traspasar, mira al vacío como esperando a que empiece el partido para poder volverse al hotel. 

Una alfombra roja, no de terciopelo sino de latas Estrella Damm, lo inunda todo gracias a la fiel contribución de los 'lateros', esos maestros del márketing expertos en el arte de saber dónde hay una demanda y cómo satisfacerla. Primera piel de gallina de la tarde: el rumor de las gradas ante las primeras incidencias ("¡Asesino, asesino!) indica que el balón ya se ha puesto en juego. A pesar de ello, descubro que a muchos no parece importarles y contabilizo hasta cinco bebedores de cerveza que, una vez saboreada y convenientemente arrojada al suelo, sacan su carné de socio y traspasan el torno con la tranquilidad de quien entra al metro.

Fuera quedan el pequeño Mauro y su padre, la asiática y una treintena de extranjeros. Son los curiosos, los que no lo han logrado y que aún así optan por quedarse un rato mirando en silencio la fachada, como recibiendo las vibraciones de las 100.000 almas que esconde. Sus rostros dibujan una mezcla de frustación y satisfacción por encontrarse tan lejos y tan cerca de semejante espectáculo humano. Cánticos y segunda piel de gallina.

Son cinco rumanos de rastas y ninguna seña de barcelonismo en la vestimenta los que hacen que mi inocente asombro se convierta en perplejidad. Armados con garrafas de ocho litros, se pasean de lata en lata recolectando su contenido para luego montarse la fiesta en las escalinatas de la entrada. "No tengo ningún problema, ¿quieres comprarme un poco?", me dice uno de ellos en inglés. Sonríen orgullosos todo el tiempo y abandonan el lugar con la llegada de los coches patrulla.

Ahora que el espectáculo se ha trasladado al interior del estadio, decido dar una vuelta de reconocimiento. A diferencia del  Bernabéu, donde cualquiera puede tocar su fachada exterior, el Camp Nou está protegido por un perímetro vallado que imposibilita poder palparlo si no se está en posesión del valioso papel holografiado. En muchos tramos del paseo el rumor de la afición desaparece y se ve sustituido por la convencional vida en la ciudad de una tarde de sábado, con su señora paseando al perro y su matrimonio empujando el carrito.

Pasa media hora hasta que vuelvo a sorprenderme. Un treintañero neoyorkino de americana gris también le da la vuelta al estadio, pero con una pancarta en las manos. Dice que no entiende de fútbol, que ha venido con una amiga alemana a la que le hace ilusión ver un Barça-Madrid. Vuelvo a mirar el reloj y, perplejo, le pregunto que cuánto estaría dispuesto a pagar por ver el encuentro, pero se niega a contestarme porque no se cree que yo sea periodista: "Si aquí hay mil personas diría que tú eres el policía". Insisto hasta cuatro veces pero es inútil. Su hombría parece ponerse en tela de juicio cuando aparece la alemana, que también estaba a la caza de entradas, y decido irme. Me alejo tomando notas en el bloc mientras escucho como le narra lo sucedido. "Me siento como si me hubieran detenido", dice.

Llueve y me refugio en la única instalación abierta a todos. Chupetes oficiales a 10 euros, zapatillas de estar por casa oficiales a 23 y juego de sábanas oficial a 60. No hay nadie aparte de la veintena de trabajadores que se miran sin saber qué hacer y algún que otro turista que se autofotografía para inmortalizar el momento en el que sus manos tocaron una camiseta de 75 euros.

De vuelta en la ciudad, en la acera de enfrente, una multitud le da la espalda al estadio. No recuerdo haber visto nunca a tanta gente siguiendo desde fuera de un bar un partido televisado. ¿Qué ocurre? ¿Será quizás ese innombrable magnetismo de saberse cercano al lugar de la noticia, esa sensación que incluso yo desde el pitido inicial estoy sintiendo hoy lo que les congrega?

También aquí hay un vendedor de latas (¡Heineken!) al que todo el mundo ignora. La mayoría son marroquíes y argelinos, salvo una impactante y solitaria rubia de tacones y corte de pelo a lo Amélie. Qué hace aquí, imposible saberlo. A su lado, un tipo huesudo le busca conversación infructuosamente. No para de maldecir lo mucho que odia a los "hijos de puta" que no le han dejado pasar: "¡Yo mato por el Barça!". Tampoco nadie le hace caso.

Regreso al punto inicial. Faltan 20 minutos. De nuevo, muchedumbre. Alrededor de 30 chavales, también de rasgos norteafricanos, se agolpan frente a la única puerta de acceso abierta. Ilusos, pretenden entrar. Me pregunto qué diantres le sucede a esta gente. El partido casi ha terminado y ahí siguen, con el mismo brillo en los ojos que me encontré al inicio de la tarde. ¿Acaso todo lo que rodea a este fenómeno podría resumirse en el deseo de poder contar mañana aquello de "sí, no me lo perdí, yo lo hice, yo estuve ahí"?

Siguen dos estrategias. Tratan de convencer a los aficionados que ya abandonan el estadio (recuerden, ¡20 minutos!) para que les regalen su entrada o directamente negocian con la bondad del joven guardia de seguridad.  Están tan ansiosos que casi no dejan hueco para salir. Observo la escena mientras me siento en la escalinata para premiarme con el bocadillo del trabajo concluido. El flujo de aficionados es cada vez mayor, como lo es también la presión de los chavales, que ya han pasado al plan C, el de los empujones, que se ve respondido por un refuerzo en la seguridad e insultos varios de los aficionados, que tienen que estrujarse entre cuerpos para poder salir.

Aún me queda un bocado cuando los guardias, en un acto de buena fe, deciden dejarles pasar. Observo cómo se escabullen en largas zancadas y mi piel ya no está gallinácea, simplemente no está. Tampoco mi cabeza. Solo corro. Mil pensamientos y ninguno concreto. Siento los rugidos del graderío cada vez más cerca. Me toca la mano del guardia del segundo control, que me ignora gracias a que su racista mentalidad me ha otorgado prioridad frente a la fila de morenos que le entretienen mientras juran y perjuran ser poseedores de una localidad. Encuentro dos asientos libres y entonces todo llega de golpe: la verde inmensidad, el bosque de personas, los cánticos y las lágrimas. Pasan cinco minutos hasta que miro el marcador por primera vez y descubro el 1-2. Pitido final y aún no he parpadeado. Una abuelita culé sentada a mi lado reconoce la superioridad del rival con aplausos: "Estamos muy mal". Y pienso que el que debe de estar mal soy yo, que estoy llorando a pesar de no tener ningún interés por el fútbol. Ahora me entiendo un poco mejor. Ahora lo entiendo un poco mejor. Aún así, no pagaría 500 euros. Todavía.

Galería de imágenes por Anthony Coyle:




4 comentarios :

  1. Muy buena la entrada,es de las pocas que no hablan de fútbol y está bien... pero sin ánimo de ofender, me cuesta mucho creer que una persona que no le gusta el fútbol, por pasar 5 minutos viendo el Clásico llore, y más sin ser de ningún equipo, y no entender el contenido de la gesta, sé que le da un toque melodramático a la historia y tal... pero muy creíble no resulta, al menos desde mi punto de vista

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    1. Estás en tu derecho de creer lo que quieras. Pero yo puedo dar fe de que fue exactamente como cuenta Anthony Coyle, pues me llamó en el momento en que estaba en el estadio y tenía una voz de emoción como pocas veces le he escuchado. Además, me consta que el huye de ese tipo de sentimentalismo fácil y oportunista que insinúas en tu comentario.

      Ese tipo de acontecimientos está por encima del simple hecho de contemplar a 22 tíos corriendo tras un balón.

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    2. Desde el respeto y mi más profunda admiración he de responder, puesto que puede haberse mal interpretado mi comentario.

      No acuso de que los hechos narrados sean inciertos, y que ese "sentimentalismo fácil y oportunista" (que ha salido de tu propia narración, y no de la mía)sea un medio para darle más dimensión a una entrada que de por sí es buenísima, y que seguramente me quede corto en tan buenos adjetivos calificativos que merece dicha creación.

      Pero entendiendo el fútbol desde mi perspectiva, y siendo para mí el origen de unos sentimientos y pasiones difícilmente superables por cualquier otro hecho en la vida, entendiendo el fútbol como un modo de vida en que detrás de "esos 22 tíos corriendo detrás de un balón" se suceden las más maravillosas sensaciones, me cuesta muchísimo entender como a una persona que no le despierta el más mínimo interés el resto de los días del año, yo que he llorado como un niño en el graderío de Anfield ante la gesta más increíble que mis ojos y mis sentidos han podido percibir, me niego a creer que una persona que no tiene ese sentimiento de pertenencia a unos colores, ni es consciente de la dificultad y a su vez gratificación que entraña vencer a un grandísimo rival y todo el contexto en el que los dos grandes equipos se encuentran. Yo, que he salido gratificado y entusiasmado en ese mismo estadio tras la derrota de mi equipo en una final copera, no puedo entender como una persona que tiene un vacío sentimental en cuanto a sensaciones futbolísticas pueda emocionarse porque ve caer a un Grande como es el Barça, que ha puesto todo, ante un equipo que por su esfuerzo a conseguido tras muchos años igualarle, incluso llegar a superarle.

      No he pretendido que mi comentario haya sido irrespetuoso, ni tampoco, podríamos decir vulgarmente "tocapelotas", sólo que me cuesta entender como una persona que no sigue la lucha domingo a domingo de un equipo, ni entiende el sufrimiento del caído, ni el contexto de gesta en el que se encuentran pueda emocionarse por ver el verde del Estadio y a la afición aplaudiendo. He dicho.

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    3. De acuerdo.

      No obstante, muchas gracias por tu participación. De eso se trata.

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