jueves, 19 de enero de 2012

Extraños en el bar

Aficionado (filósofo) / Anthony Coyle

Anthony Coyle. Me la jugué. Yo, que apenas llevaba una semana en mi nuevo puesto de trabajo, decidí salir diez minutos antes de las 22.00 horas con tal de encontrar un sitio en el que ver el clásico. Un lugar auténtico, con olor a freidora y a marido cincuentón, en el que admirar, de nuevo, un encuentro que en los últimos meses se había celebrado con tanta frecuencia que, hasta yo, que de fútbol entiendo lo mismo que de almohadas, había empezado a memorizar apellidos y alineaciones. La idea era sobrevivir a un Madrid-Barça. No sólo ver, sino también mirar, todo lo que esos 90 minutos eran capaces de provocar en relación a la raza humana dentro y fuera del televisor desde la barra de un típico establecimiento de Barcelona.

Harto de tanto turista, al fin encontré un lugar cerca de la plaza de Catalunya con hueco y Canal +, pero también con quince minutos de retraso y un gol de Cristiano en el marcador. Una pena. Estaba regentado por chinos que te obligaban a pagar en cada consumición y poblado de señores de semblante serio y mirada anclada al televisor, con los ojos como arrojando paralelas perfectas dirigidas hacia el plasma. Sin tocarse. Si alguien se movía un centímetro ya le obstaculizaba la visión al otro, que, gentilmente, le tocaría el hombro con el dedito. Todos atentos, expectantes y en sorprendente silencio. En silencio de tensión.

Conocí a un hombre con pinta de abogado pero con voz y hablares de Sabina. De corbata, traje y conversación. Un señor mayor que necesitaba hablar. Evaluar cada jugada. Vivía el partido ahogado en intensidad y su cara no me pareció la de alguien que lo estuviera pasando demasiado bien. En el minuto 20 salió a fumarse un cigarro “por los putos nervios”. Eso sí, el hombre parece que entendía. Abogado estaba constantemente enunciando reflexiones que, minutos más tarde, eran repetidas por el propio Michael Robinson. “El Madrid está jugando con la defensa muy adelantada”…Y Robinson, iba, y lo decía después. Creo que él se dio cuenta.

Abogado ríe junto con el resto del bar cuando Pepe hace juego peligroso al levantar la pierna a alturas craneales. ¿Por qué ríen? Me llamó la atención que no insultasen y que sólo se limitasen a carcajear por lo salvaje que es el jugador, como aceptando que es así de animal e irracional por naturaleza y que de nada serviría lamentarse por ello.

Cuando Xavi toca el balón con el brazo, Abogado se limita a decir que “le ha ido muy alta al muchacho”. Pero cuando la misma infracción la comete un jugador del Madrid, Abogado, junto con el resto de hombres de la sala, agota los insultos. Y la saliva. Cuando el Barça realiza un cambio, el bar aplaude al recién llegado, algunos le elogian y yo escucho como Abogado le suelta a un tipo que “a éste ya lo han renovado” y me creo aquello de que el Marca es el periódico más leído de este país.

Llegado el descanso para los jugadores es el momento de poner a trabajar los pulmones. Los parroquianos salen en tromba del recinto a fumar y se produce un interesante fenómeno. De un relativo silencio entre caballeros se pasa progresivamente hacia una tranquila charla sobre cualquier cosa entre nosotros, esos casi desconocidos que esta noche nos encontramos aquí reunidos, en la calle, con frío y mirándonos, cómplices de lo mucho que nos gusta este juego para adultos llamado fútbol.

Conozco a Filósofo, un señor de largo pelo blanco y gafas de pasta redonditas de esos que siempre me han llamado tanto la atención. De esos que permanecen inmóviles durante todo el partido, con los brazos cruzados y, a diferencia de los que le rodean, sumergido  en un profundo silencio que, como Abogado, sólo rompe para sentenciar con su opinión. Me dice que el otro día tres gitanos con navaja le robaron una cámara. Un joven con la indumentaria completa del Barça interviene para decir que a él también se la robaron, pero que por suerte era desechable y, encima, había conseguido conservar el carrete. Historias de bar. El joven, que se llama Cristian, dice que lleva al Barça en el corazón y, en efecto, con camiseta y abrigo a juego, lo cierto es que lleva el escudo en el pecho por partida doble. Luego me enseña su cartera, también con el logotipo del club, y sonríe cuando ve mi cámara y posa para la foto. Me dice que tengo que ir a visitar el Camp Nou, que ahora ya vuelve a celebrar jornadas de puertas abiertas y que él ya ha llevado a sus hijos. Pero que tenga cuidado con mi cámara.

Reanudado el partido, continúo observando la reacción de la gente. De qué manera, de nuevo, guardan la calma ante algo para lo que yo reaccionaría con enfado. El pisotón de Pepe en la mano de Messi no ha gustado pero, quizás, de cruda que es la escena, la indignación es tal y tan obvia, que prefieren no manifestarla en exceso. Termina el partido y me quedo con la sensación de haber descubierto solo un gramo del pastel. Una nota al pie del inmenso libro que podría escribirse sobre el fútbol y sus aficionados. Por supuesto, hubo tiempo para los consabidos aplausos, abucheos generales, ‘uys’ y‘oeoeoes’l. Y para la genuina emoción de ver a tu equipo remontar un partido. Más aún cuando se trata del clásico. Aunque, de  tantas veces que se ha jugado en el último año, he de decir que lo único clásico que vi ayer en el derbi fue la bonita y vibrante intensidad que siempre ha despedido el auténtico hincha del balón. Y que siga siendo así.

1 comentario :